
– Mire la hora para ir a un baile de máscaras.
– Guárdeme el secreto -contestó Maceira-. Dentro de un rato bajo al fondo del lago, para recoger pruebas de contaminación. La pobre renga se asustó.
– ¿Por qué lo hace? ¿Le pagan bien?
– Nada.
– ¿Le digo lo que pienso? Yo no bajaría. Usted no se hace una idea de la profundidad de nuestro querido lago. Cientos y cientos de metros. No baje; pero si persiste en ese proyecto estúpido, acuérdese de lo que voy a decirle: baje y suba despacio. Acuérdese: usted se apura y la cabeza estalla.
La cita era en el restaurante que está en el llamado Gran Puerto. Cuando llegó, la única persona a la vista era un marinero, con pipa, saco azul y gorra con borla roja. «Demasiado típico para ser marinero de lago», pensó Maceira. Por la manera de fumar, no parecía contento. Se acercó a Maceira y dijo:
– ¿Usted es de la excursión? No lo felicito. El que sale a navegar en un día como hoy no está bien de aquí -se tocó la frente y, al ver que Maceira no respondía en seguida, le previno-: Si naufragamos, le cobro el bote.
– Estaría bueno. Vengo por obligación y me hace responsable.
– Claro que lo hago responsable. Usted mismo se dará cuenta de que el lago está muy picado. No hay visibilidad.
– Le dice todo eso a Cazalis. Él organizó el paseo.
– No va a ser un paseo. Cuando el lago se encrespa, es peor que el mar. Si no, recuerde a la amiguita del poeta. Naufragó en pleno lago, en un día como hoy.
– Hable con Cazalis.
– Claro que voy a hablar. Para salir con un tiempo así, tienen que pagarme tarifa doble.
– Lo que no entiendo es por qué, si la fábrica está en la otra punta, nos embarcamos acá. A mí me conviene porque vivo en Aix.
– ¿Vive en Aix? Un punto a su favor. Pero aunque le convenga ¿se da cuenta de lo que es ir de una punta a otra del lago, con este tiempo? Si no zozobramos a la ida, zozobramos a la vuelta.
Maceira repitió que no entendía por qué decidió Cazalis partir de Aix y agregó:
