– Nocreo que haya pensado en mi comodidad.

– Pensó en los obreros. No quiere que se enteren.

El marinero le hizo ver que si el puerto de partida fuera cerca de Chambéry, alguna información «se hubiera filtrado» y los obreros no hubieran permitido que tranquilamente salieran a investigar si existen o no razones para clausurar la fábrica donde ganan el pan.

Maceira se dijo que si Cazalis y los técnicos tardaban diez minutos más, él se volvía al hotel, con la conciencia de haber cumplido. «Cuando ellos tardan es porque no pudieron llegar antes; cuando yo tardo, es porque soy sudamericano.» Apuesto que al ver cómo está el tiempo, Cazalis dejó la excursión para mejor oportunidad.

Aparecieron tres caballeros en traje de hombre-rana, caminando de modo ridículo. Uno de ellos era corpulento, de grandes bigotes rubios, de aire de conquistador vikingo, o siquiera normando; otro, un hombrecito, se movía con tanta lentitud que Maceira se preguntó si estaría enfermo, o resolviendo mentalmente un problema, o drogado; el tercero, de tez bastante oscura, parecía enojado y nervioso. Maceira se apresuró a saludar al de aspecto de conquistador. Dijo:

– Mucho gusto, señor Cazalis.

– Acá tiene al señor Cazalis -contestó el normando y señaló al hombrecito.

– Yo, en cambio, no puedo equivocarme; usted es Maceira. Dicho esto, el hombrecito lo miró fijamente, sin pestañear; después movió la cabeza, con resignación. No le dio la mano.

– Soy Le Boeuf -dijo el que parecía normando.

– Me parece que he oído su nombre -comentó Maceira.

– Seguramente lo vio en frascos de coaltar. El orgullo de mi familia. Le presento al zoólogo Koren.

Tras juntar coraje, Maceira previno a Cazalis:

– El marinero dice que no es prudente salir al lago con este mal tiempo.

– Si usted tiene miedo, no venga.

El marinero llevó aparte a Cazalis y, después de unos cuchicheos, levantó la voz para decir:



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