
– Todo el mundo a bordo.
– El mal tiempo es un excelente pretexto para elevar la tarifa -observó Cazalis, con sorprendente buen humor; después, mirando a Maceira, agregó-: Puede estar seguro de que a mí el experimento no me atrae, pero dije que hoy lo llevo a buen término y tengo una sola palabra.
– ¿No viene nadie más? -preguntó el marinero.
– Nadie más -contestó Cazalis-. Ya somos demasiados.
– La primera verdad que dice -declaró el marinero-. El lago está picado y la carga es mucha. Maceira le susurró a Cazalis:
– Si quiere, yo me quedo.
– Como usted representa la otra parte, dirán que me las arreglé para dejarlo -contestó Cazalis y, con una sonrisa, agregó irónicamente-: No, pensándolo bien, no permitiré que por nosotros se prive de este viaje de placer.
Cuando todos se embarcaron, los bordes del bote estaban casi a nivel del agua.
– Señores -dijo el marinero-. Podrán ver que hay una latita a disposición de cada uno de los señores pasajeros. Por favor, úsenla. Deben sacar el agua que entra, sobre todo si no quieren zozobrar. Hasta la otra punta del lago, el viaje no es corto.
«Con un tiempo como éste», pensó Maceira, «¿cómo sabe el marinero que vamos hacia el punto convenido? Lo más probable es que ya no sepa dónde estamos.»
El viento no amainaba; aumentaba más bien y, consecuentemente, la navegación, azarosa desde el principio, se volvía poco menos que imposible. A pesar de todo, el marinero no paraba de remar. En algún momento Maceira, desesperando de la utilidad de cualquier esfuerzo, pretendió descansar un instante de su tarea con la lata. El marinero en seguida lo increpó:
– ¡Eh! ¡Usted! ¡No se haga el tonto! ¡A sacar agua, si no quiere que todos nos ahoguemos!
Maceira reflexionó: «Este hombre trata de convencernos de que es el mago de la orientación. En realidad es un sinvergüenza. No sabe dónde estamos ni hacia dónde nos dirigimos. Cuando se canse, va a decir: “Es acá” y nosotros, como idiotas, vamos a creerle». Con tal de acortar esa interminable primera parte de la excursión, de buena gana hubiera dicho lo que sin duda todos pensaban: «Paremos de una vez… Tanto da un punto del lago como otro». Se contuvo por temor de que Cazalis repitiera sus palabras a Chantal.
