
– Hemos llegado -anunció el marinero.
– ¡Hurra! -exclamó el botánico.
– Lástima que haya que bajar -dijo el zoólogo.
– Es verdad. Lo había olvidado… -respondió sin alegría el botánico.
– Señores, acabemos cuanto antes. Yo bajo primero -anuncio Cazalis.
– Yo, último -se apresuró a decir Maceira.
Cuando se disponía a iniciar el descenso, el botánico dijo:
– Marinero: usted no se distraiga. Si queremos subir, damos un tirón a la cuerda; dos tirones, si queremos subir con rapidez.
– Mejor que no suban con rapidez -comentó displicentemente elmarinero.
El descenso fue largo, según Maceira, y al menos para él muy alarmante. Le llegaban de pronto, sin que supiera de dónde, sonidos que le recordaban los del agua que se va por un desagüe. Dos o tres veces, «por nervios nomás», estuvo a punto de tirar de la cuerda. Se preguntó si en algún momento llegaría al fondo y si tendría fondo ese lago.
Por fin sintió bajo los pies un lecho de barro y hojas. Miró hacia delante y pudo ver al grupo de los demás que avanzaba hacia la boca, en forma de arco, de un túnel vegetal, oscuro en el centro y formado por enormes plantas azules, de hojas carnosas, que se entrelazaban arriba. «Si van a meterse ahí son muy valientes», pensó Maceira. Aquello era una verdadera boca de lobo: una superficie oscura, la boca de lobo propiamente dicha, rodeada de plantas que parecían víboras. Víboras no: boas. Para no ser menos que los otros quiso avanzar, pero debió de paralizarlo la desconfianza, porque no dio un paso. Cuando me refirió esto, Maceira dijo: «Del Pollo Maceira se habrá dicho de todo, pero no que es cobarde. Ahora quiero aclarar: una cosa es la vida corriente y otra estar en el fondo del lago Le Bourget».
