
– Le ruego -dije-. ¿Podría indicarme dónde queda el Palace Hotel?
– Sígame. Voy allá.
– ¿No me aconseja tomar un taxi?
– No vale la pena. Sígame.
Con temor de que las dos valijas incidieran en mi cintura, obedecí. Doblamos por la otra avenida, cuyo primer tramo es en pendiente empinada. Para no pensar en la cintura, pregunté:
– ¿Qué tal le fue de pesca?
– Bien. Aunque pescar en un lago enfermo no es ¿cómo le diré? satisfactorio. Falta la segunda parte del programa, en que el pescador hacevaler el trofeo: come lo que pescó o lo regala a sus amigos.
– ¿Y aquí no puede hacerlo?
– En esta canasta hay buena cantidad de horribles chevaliers. Si los ve, se le hace agua la boca. Si los come puede pasarle algo molesto. Enfermarse, por ejemplo. Exagero tal vez, pero no mucho.
– ¿Es posible?
– Más que posible: probable. La polución, mi querido señor, la polución. Hemos llegado.
Iba a preguntarle a qué, pero comprendí que ya no hablaba de la polución ni de la pesca.
– ¿No me diga que éste es el hotel? -exclamé con sincera perplejidad.
– Efectivamente. ¿Por qué pregunta?
– Por nada.
Retrocedí unos pasos y miré el edificio: no era chico, pero tampoco palaciego, aunque a la altura del cuarto piso pude leer, en grandes letras: Palace Hotel.
En el hall de entrada, espacioso y con sillones que parecían desvencijados, me dirigí a la Recepción. Ahí, en lugar del previsible señor de saco negro, me atendió una mujer joven, bonitilla, vestida de gris y de entrecasa.
– Su habitación es la veinticuatro -dijo-. Sígame, por favor.
Era renga. En el ascensor, muy estrecho, de puertas de resorte que parecían dispuestas a golpearnos o atraparnos, la señora, yo y mis valijas apenas cabíamos. Durante la lenta ascensión pude leer las instrucciones para el manejo y una ordenanza municipal que prohibía el viaje a menores no acompañados. Bajamos en el segundo piso.
