
Mi habitación era amplia, con cretonas raídas y amarillentas. En el baño, la letrina con su barra de bronce para sostenerse, tenía depósito en lo alto y cadena. Flanqueaba el bidet otra barra de bronce. Las patas de la bañadera concluían en garras sobre esferas de hierro pintado de blanco.
A la una bajé a almorzar. Vino a mi encuentro el maître d’hôtel: era el pescador que encontré al salir de la estación. Le pregunté qué me recomendaba. Ya en su papel profesional, aseguró:
– Los patés de ave de la casa son justamente famosos, pero también puedo ofrecerle unos horribles chevaliers del lago.
Le dije que prefería la carne roja. Una tortilla de papas y después carne roja, bien asada. La comida fue exquisita, aunque las porciones dejaban que desear. Me sirvió la mesa una muchacha ágil y amistosa, llamada Julie.
Con alguna envidia vi, en otra mesa, a un señor a quien solícitamente atendían una muchacha más agraciada que Julie, el maître d’hôtel y el sommeller. Todos parecían festejar sus dichos y apresurarse a cumplir sus deseos. Pensé: «Debe de ser rico». En confirmación de esta hipótesis había, junto a su mesa, un balde plateado, con una botella de champagne. Pensé: «El señor debe de ser muy importante. Quizás el más poderoso industrial de la zona». Las porciones que le servían eran considerablemente mayores que las mías. La circunstancia me irritó y estuve a punto de interpelar a Julie. Le hubiera dicho: «Parece que hay hijos y entenados», pero por no encontrar la palabra francesa para «entenados», callé. Cuando el hombre se incorporó y dio media vuelta para salir del restaurante, mis ojos no podían creer lo que estaban viendo. No era para menos. El hombre importante, con su pelo oscuro, frisado, los grandes ojos de galán de cine, el traje cruzado que lo envainaba, el calzado de charol y puntiagudo, que parecía directamente importado de los años veinte, era el Pollo Maceira, mi compañero de banco en el Instituto Libre. Creo que al verme tuvo una sorpresa no menor que la mía. Abrió los brazos y sin importarle llamar la atención de los comensales franceses, que hablaban en un murmullo, exclamó a gritos:
