– ¡Hermano! ¡Vos acá! ¡Me caigo y me levanto!

Me abrazó. A Julie, que trajo mi cuenta, le dijo que después él la firmaría. Fuimos a sentarnos en los sillones del hall de entrada. Como no me gusta hablar de mis dolencias, dije que el lumbago fue un pretexto para venir a pasar una temporadita entre el gran mundo… Maceira me interrumpió, para decir:

– Y te encontraste con los viejitos de la Seguridad Social. Es para morirse. A mí me pasó exactamente… Vos me conoces. Pensé: una sólida fortuna francesa, hoy por hoy, es el mejor respaldo para el criollo. Vine con el sueño loco de encontrar lo más granado de la sociedad y porque me tengo fe con las mujeres…

A su tiempo descubrió que la Aix mundana era anterior a la segunda, o tal vez a la primera, guerra mundial.

– Ahora tiene otros encantos -dije.

– Exacto. Pero no los previstos.

– ¿Una desilusión?

– Compartida -puntualizó, y volvió a abrazarme.

– Bromas aparte, te veo con aire de prosperidad.

– Es para no creerlo -contestó, sin poder contener la risa-. Encontré lo que buscaba.

– ¿Una mujer rica, para casarte?

– Exacto. La historia es bastante extraordinaria. Claro que no debiera contarla, pero, hermano, para vos no tengo secretos.

He aquí la historia que me contó Maceira:

A Aix-les-Bains llegó con la plata que ganó un día de suerte en el casino de Deauville. Traía el firme propósito de encontrar una mujer rica. Sentenció:

– El gran respaldo.

Al tercer día de asomarse a hoteles, comer en restaurantes y oír, por las tardes, en el parque, el concierto de la banda, se dijo: «Esto no da para más» y comunicó a la dueña del hotel su intención de partir al día siguiente.



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