
– ¡Es una lástima! -exclamó la hotelera, sinceramente apenada-. Se va el día antes del gran baile.
– ¿Qué baile?
Lo daba un señor Cazalis, «fuerte industrial de la zona», para su hija Chantal.
– En el Hotel de los Duques de Saboya, un verdadero palace, de Chambéry.
La señora pronunció con satisfacción la palabra palace.
– ¿Chambéry queda lejos?
– A unos kilómetros. Muy pocos.
– No sé para qué pregunto. No estoy invitado y ni siquiera tengo smoking.
La hotelera convino en que no valía la pena gastar en un smoking, para salir una noche, y después guardarlo en el ropero. Explicó:
– Además, en las tiendas de Aix, no conseguirá un smoking de confección y, en la época en que vivimos, tampoco encontrará en toda Francia un sastre dispuesto a hacerle un traje de un día para otro. ¿Quiere que le diga el secreto?: nadie siente amor por su trabajo.
– Es una lástima -murmuró Maceira, para contestar algo.
– Yo, si fuera usted, no descartaría la posibilidad de probarme el smoking del finado, mi marido -observó la hotelera-. ¿O le da impresión? Centímetro más, centímetro menos, era un hombre parecido a usted.
La señora lo llevó a su departamento, una verdadera casa dentro del hotel. Una casa muy bien puesta, imprevisible para Maceira, cuya imagen del Palace de Aix eran las cretonas raídas de su cuarto y los sillones desvencijados del hall. «Esta renga se quiere mucho» pensó. Los muebles del departamento eran antiguos y sin duda hermosos, pero lo que llamó la atención de mi amigo fue una muñeca rusa.
– Un regalo de mi padre -refirió la señora-. Yo debía de ser muy chica o muy sonsa, porque mi padre creyó necesario aclarar: «Trae adentro muñecas iguales, de menor tamaño. Cuando una se rompe, quedan las otras».
Después la señora trajo el smoking y dijo:
– Póngaselo, mientras busco una corbata de moño que tengo por ahí.
