
Resignadamente se lo puso, pero cuando se miró en el espejo, exclamó:
– No está mal.
– Ni hecho a medida -confirmó, desde la puerta, la hotelera. El sábado fue al baile. Había que presentar la tarjeta de invitación. Dijo que la había olvidado. Según él, entró porque el smoking le daba aplomo.
Para no llamar la atención (por estar solo y por ser tal vez el único desconocido entre toda esa gente) entabló conversación con una vieja señora. Después de bailar dos o tres piezas la llevó al buffet. Levantaban, en un brindis, copa de champagne, cuando una muchacha rubia, muy linda («a lo mejor», pensó, «una de esas belgas, doradas y fuertes, que me gustan tanto») se interpuso y le dijo:
– Ya que usted no me saca, lo saco.
Reía con una alegría irresistible. Mientras bailaban, ella le pidió que no se enojara («mira que me iba a enojar») y agregó que al verlo acaparado «por la señora esa» creyó que su obligación era rescatarlo. Lollevó después a una mesa donde tenía amigos y se los presentó. Maceira pensó rápidamente: «Cuando deba dar mi nombre, me descubren». Quiso decir: «Descubren que soy un intruso». No tuvo que dar su nombre y sospechó que ella quería hacerle creer que lo conocía; o a lo mejor, hacer creer a los demás… Me explicó:
– Una mujer que te echa el ojo, no quiere encontrar motivos para soltarte.
– Hombre de suerte -dije.
– Más de lo que te imaginas.
– ¿No me vas a decir que era la hija del industrial?
– Exacto.
Admitió entonces que en el afán de halagarla, por poco da un traspié. Parece que le dijo:
– Yo, a su padre, le saco el sombrero. Este baile es el gesto de un gran señor.
Chantal quedó mirándolo, preocupada, como si quisiera descubrir su pensamiento, hasta que echó a reír de esa manera tan alegre y tan suya.
– ¡Tramposo! -exclamó-. ¡Me engañó! ¡Creí que hablaba en serio! Esté tranquilo, por más bailes que me dé, mi padre no me compra.
