
– Nunca le oí una estupidez. Quizá la única estupidez para echarle en cara es la ecología, Y oíme bien: no estoy convencido de que sea una estupidez. Lo más que puedo decirte es que para proteger a esta pobre tierra nuestra yo no movería un dedo. Por otra parte, la actitud de Chantal me probaba su decencia. Era para no creerlo: estaba resuelta a llevar una guerra contra sus propios intereses. Contra nuestros intereses. Desde ya que si por mí fuera no renunciaría a un franco de los millones del señor Cazalis, pero son tantos que aún si clausuraran la fábrica, Chantal y yo podríamos vivir a todo lujo y sin la menor preocupación el resto de nuestra vida. No sé si hablo claro: si a ella no le importaba disminuir la herencia, a mí tampoco, dentro de los límites razonables.
Empezó entonces una temporada que Maceira no olvidaría fácilmente. Aunque todas las noches dormía en su hotel de Aix, la mayor parte del tiempo la pasaba con Chantal, en Chambéry o en paseos por Saboya, una de las más lindas regiones de Francia. Fueron a Annecy, a La Charmette, a Belley, a Collonge, donde hay un castillo, a Chamonix, a Megève. Después de marcar en un mapa de la región las ciudades y las aldeas donde habían estado. Chantal afirmó:
– Para que uno conozca bien su provincia, nada mejor que tener amores con un forastero.
Solía agregar observaciones como: «Todavía nos falta acostarnos en Évian».
Dentro del grupo de Chantal la situación de Maceira era reconocida y respetada. El solía decirse: «Ando con suerte». Una sola preocupación, de tarde en tarde, lo sobresaltaba: hasta cuándo aguantaría el bolsillo. Chantal, en efecto, no tenía la costumbre de pagar (típica de algunas mujeres ricas y siempre ofensiva para el amor propio masculino). Entre el envidiable ajetreo de las tardes y el bien ganado sueño de las noches, poco tiempo le quedaba a Maceira, para preocuparse. Por lo demás, las cuentas de hosterías y restaurantes, que sumadas podían alarmarlo, por separado halagaban su orgullo.
