
– Entiendo. O sea, que no se lo reveló para que se encargara él de los gastos, ¿no?
– No, no. Mi mari… Julien no habría parado hasta pagarlo él todo. Siempre ha sido así.
– ¿Siempre? ¿Cuánto tiempo llevabais casados?
– Dos meses; pero nuestras familias se conocen hace muchos años. El hecho es que él es el hombre más honrado que hay sobre la capa de la tierra. A nadie se le escapa su bondad y lo bien que se porta con todo el mundo. Es excepcional… ése es el problema: aunque estamos divorciados, me temo que siempre se va a sentir responsable de mí. Sería inútil decirle que quiero pagarme yo mi tratamiento ahora que he recuperado la consciencia. No lo permitiría.
– A ver si te estoy entendiendo bien: me estás diciendo que es el hombre más maravilloso del mundo, pero que, simplemente, no quieres seguir viviendo con él.
– ¡Exacto! -exclamó.
– Él sigue locamente enamorado de ti.
– Lo sé -Tracey bajó la cabeza-. Si no te importa, preferiría no seguir hablando de este tema. No quiero seguir en el hospital más tiempo. Te agradezco mucho todo lo que has hecho por mí. Si no fuera por lo mucho que me has ayudado, lo más seguro es que no siguiera viva. Pero ya estoy bien. Tú misma me lo has dicho esta mañana.
– Eso es verdad. Físicamente estás en perfectas condiciones.
– Quiero volver a mi casa, Louise. Quiero irme esta misma noche.
– ¿Dónde está «tu casa»? -preguntó la doctora recostándose sobre el respaldo de la silla.
– En San Francisco.
– ¿Y cómo vas a ir allí?
– Tengo suficiente dinero en el monedero para ir en taxi hasta el aeropuerto de Ginebra. Puedo telefonear a mi hermana para que me tenga reservado un billete para el avión. Ella me recogerá en el aeropuerto y me llevará a su casa. Dentro de unos pocos días habré alquilado un apartamento, estaré trabajando y empezaré a vivir mi vida.
– En teoría, parece un buen plan. Pero no puedes salir del hospital así como así.
