– Sí, tengo que ver a Louise. Necesito verla -dijo nerviosa.

Cuando Gerard la dejó a solas, Tracey fue al armario y se puso un camisón. Luego volvió a meterse en la cama. Se sentía sin fuerzas. Sólo quería descansar y olvidar.

Nada más cubrirse con las sábanas, Louise entró en la habitación con su bata blanca. Las dos mujeres se miraron a la cara mientras la doctora colocaba una silla frente a la cama de Tracey para sentarse cerca de ésta.

– Has tenido un día muy intenso y creo que tenemos que hablar de como te sientes después de lo que has averiguado.

– No voy a poder pegar ojo mientras sepa que él va a estar fuera esperándome; que puede venir y entrar en cualquier momento -comentó Tracey aterrorizada, tapándose la boca con el embozo de la sábana.

– Tranquila, ya se ha marchado del hospital con tu tía. Les pedí que se fueran y vi como se iban en el coche.

– ¡Gracias a Dios!

– Cuando se dio cuenta de que había sido su presencia la que te había indispuesto, no necesitó que nadie le dijera que se fuese. Tienes que entender que ha pasado todas las noches a tu lado durante los últimos meses, intentando calmarte cuando tenías pesadillas. Se ha portado de maravilla.

«Perdóname por hacerte esto, Julien. Pero tendremos que separarnos cuando salga de aquí», pensó Tracey sumamente afligida.

– Cuéntame algo sobre tu marido.

– No es mi marido.

– ¿Por que no quieres que lo sea?

– No, porque estamos divorciados -explicó.

– Pues está pagando las facturas del hospital.

– Lo sé. Ya me lo ha dicho mi tía. La culpa es suya -dijo saltándosele las lágrimas mejilla abajo.

– ¿Ella tiene la culpa de que pague las facturas?

– No, de que haya averiguado donde estoy. Él insistió y acabó sonsacándole la respuesta porque ella siempre ha pensado que Julien era el hombre más maravilloso del mundo… Lo que, sin duda, es cierto -añadió.



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