De pronto, Tracey sintió un dolor indescriptible; un dolor que le había hecho sufrir mucho los meses anteriores al accidente; un dolor que sólo el estado de coma había podido anestesiar… temporalmente.

– ¡Dios mío! -exclamó con agonía. Entonces le entró una terrible arcada y apenas logró llegar al baño.

– Tracey -murmuró Julien con ansiedad en ese tono ronco que la volvía loca. Luego la siguió al baño.

«No me toques», quiso gritar Tracey cuando Julien le acarició por la cintura, en un gesto que tantas veces había repetido durante su luna de miel. Por aquel entonces no eran capaces de estar separados ni un sólo segundo.

Cada vez que él la tocaba era como la primera vez. Pero en ese momento tenía demasiadas ganas de vomitar y estaba demasiado impresionada como para decir nada.

– Si no le importa, señor Chappelle, yo me encargaré de ella -dijo Gerard, uno de los enfermeros, con autoridad.

– Por supuesto que me importa -exclamó Julien-. ¡Es mi mujer!

– ¡Julien, por favor! -intervino Rose-. Es mejor que esperemos en la sala de estar.

Tracey notó que a Julien le costaba despegar las manos de su cintura; pero finalmente se resignó a soltarla y se marchó.

– En seguida vuelvo, preciosa -susurró con dulzura.

Una vez se hubieron marchado, se apoyó en Gerard para llegar hasta la cama.

– No le dejes que vuelva, Gerard -le imploró mientras éste la ayudaba a recostarla y le tomaba las constantes vitales-. Ya no es mi marido. Manténlo alejado de mí. Por favor, no quiero verlo.

– Mientras la doctora Louise no diga lo contrario, nadie podrá entrar aquí salvo el personal del hospital -la tranquilizó-. Vamos, métete en la cama, Louise viene en seguida.



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