
Vivir en Santa Mónica le había dado espacio, aunque seguía estando suficientemente cerca de Bel Air para que sus padres tuvieran la impresión de que no los había abandonado.
Ellos la dejaron sin dinero inmediatamente, esperando que, cuando se quedara sin nada, volvería a casa. Pero estar a sus expensas fue una experiencia liberadora para Lindsay. Dejó a un lado temporalmente sus planes de seguir estudiando y empezó a trabajar a tiempo completo en el club como monitora de natación y socorrista para mantenerse. Cuando creció su reputación como entrenadora de niños con discapacidades, pudo dar más clases, lo que le permitió aumentar sus ingresos. Vivía decentemente y se permitía ahorrar una cierta cantidad todos los meses.
Lo mejor de todo era que estaba libre para cometer sus propios errores y tomar sus propias decisiones. Cuando sus padres se dieron cuenta de que sus tácticas no estaban funcionando, se volvieron más manipuladores, jugando con su posible sentimiento de culpa. La llamada de su padre la noche anterior había sido de lo más típico. Pero Lindsay llevaba viviendo sola el tiempo suficiente y estaba demasiado excitada por la perspectiva de viajar al Caribe como para dejarse convencer por sus argumentos.
Lo único que podía hacer era seguir amándolos y seguir en contacto con ellos todo lo que le fuera posible. Tal vez, con el tiempo, superaran sus miedos obsesivos.
Salvo para sus padres, toda la gente que ella conocía y, sobre todo Beth, pensaba que trabajar como bióloga marina era una gran idea. Beth le había predicho que, al final, terminaría casándose con un biólogo marino como ella misma y viviendo una vida de reclusión en algún lugar remoto del mundo.
Pero un marido era lo último que Lindsay tenía en la cabeza. No tenía ninguna intención de colocarse a sí misma en una posición en la que podía ser controlada o manipulada, sobre todo cuando seguía peleando con ese problema con sus padres. Su libertad lo significaba todo.
