Para entonces Andrew y Randy se conocían perfectamente la rutina a seguir. Comprobaron los equipos mientras Pokey los ayudaba con las tablas de inmersión y vieron que podían estar abajo veinticinco minutos.

Entre Andrew y su hijo había una especie de reto no establecido por ver quien se tiraba primero al agua y, esta vez, Andrew estaba dispuesto a ganarle. Se equipó a toda velocidad, tomó la cámara de vídeo y, encantado, vio que Randy seguía tratando de colocarse bien la máscara. Le hizo una señal a Pokey, se sentó en la borda del barco y se tiró al agua de espaldas.

Como cada vez que lo hacía, experimentó un escalofrío de excitación, la adrenalina le recorrió todo el cuerpo y tuvo que dominarse para respirar normalmente durante el descenso. Durante una de sus clases se había olvidado de no contener la respiración, un error que podía llegar a causar la muerte. Por suerte no lo había vuelto a hacer.

Cuando llegó a unos seis metros de profundidad se detuvo para filmar el descenso de Pokey y Randy.

Pokey le hizo luego una señal con la mano y los dos lo siguieron casi rozando los corales. Llegaron al borde de la pared y una gran raya leopardo apareció de repente delante de ellos.

Andrew utilizó la mayor parte de la cinta tomando a sus dos compañeros nadando cerca de la raya y luego Pokey los hizo seguirlo de nuevo.

Andrew se colocó el último y siguieron buceando por los canales de coral, manteniéndose a menos de cinco metros los unos de los otros por seguridad. Pero de repente Andrew vio algo grande acercándose a él por un canal a su izquierda. Se detuvo pensando que podía ser una gran barracuda, ya que el arrecife era famoso por ellas y había visto una buena aleta caudal.

El pulso le latió a toda velocidad por la excitación cuando levantó la cámara y encendió el foco. Pero lo que vio por el visor desafió a la lógica y lo hizo pensar que estaba alucinando.



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