Si trataba de explicar que había visto una sirena, Pokey pensaría que había perdido la cabeza. Y, tal vez asiera…

¿Qué le pasaba? ¡Nunca en su vida había actuado tan tontamente! No iba a decir nada hasta estar de vuelta en la casa y haber visto el video.

Pensó que era mejor explicarse mejor, así que escribió:

Estaba filmando y me olvidé del tiempo. ¡Lo siento! Gracias por ayudarme.

Después de leerlo, Pokey escribió:

Lo mismo me pasó a mí cuando empezaba a bucear. Olvídelo.


«Eso sería imposible», pensó Andrew, todavía sorprendido por lo que había visto. Estaba cada vez más impaciente por ver el vídeo. Si no mostraba más que corales y peces tropicales, consultaría a un experto en medicina deportiva y de buceo para ver qué le había causado la alucinación. No recordaba que su instructor le hubiera mencionado esa clase de síntomas cuando un buceador tenía problemas.

Cuando pasaron los tres minutos, subieron a la superficie y Andrew vio la cara de alivio que puso su hijo. Le quitó la cámara dé las manos y lo ayudó a subir. Los guardaespaldas parecían igual de preocupados.

– Demonios, papá, ¿qué te ha pasado? ¿Estás bien?

Andrew se quitó la máscara y la boquilla y los dejó en el fondo del barco.

– Estoy bien, Randy -respondió él pasándole un brazo por los hombros y dándole un cariñoso apretón.

Pokey sonrió.

– Tu padre se ha dejado llevar un poco por la excitación por lo que ha visto ahí abajo y se olvidó de dejar de filmar.

Excitado no era la palabra. Algo le había pasado mientras estaba allá abajo, algo que nunca antes le había pasado.

Andrew se dio cuenta de que su hijo no parecía muy convencido.

– Tenía miedo de que te hubiera dado un ataque al corazón o algo así -dijo Randy con una voz sorprendentemente insegura.

Eso le hizo sentirse muy mal a Andrew. Podía haber muerto, y habría sido por su propia culpa, por su descuido. Después de perder a su madre, Randy no necesitaba otra tragedia en su joven vida.



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