
– Ya sé que treinta y siete años te parecen muchos, pero antes de marcharnos me hice un examen médico completo y me dijeron que estaba perfectamente en forma -dijo mientras se quitaba el neopreno-. Perdona por asustarte, Randy, nunca más volveré a ser tan estúpido.
– ¿Lo prometes?
– Te lo juro.
– De acuerdo entonces.
Andrew suspiró y le dijo a Pokey:
– Vámonos a casa. Me muero de hambre. ¿Cuál es el mejor restaurante de Nassau? Creo que Randy y yo estamos de humor como para pasarnos un poco.
– Está el Graycliff, en West Hill Street, sobre todo si les gusta el pescado.
– ¿Qué te parece, Randy?
– Me parece bien -dijo su hijo sin su entusiasmo habitual.
– ¿Encontraste el angelote? -le preguntó Andrew tratando de animarlo.
Tenía que hablar con él de lo que le había pasado, pero era necesario que estuvieran completamente a solas. Y no antes de que encontrara una explicación racional para lo que había visto.
– No -respondió Pokey-. Hemos visto algunas cosas mejores, ¿no?
Luego se pusieron a hablar de la raya leopardo.
Cuando llegaron a la orilla, el escolta que Andrew había dejado en el muelle los estaba esperando con el coche blindado. Andrew le dio las gracias a Pokey y al piloto por el maravilloso día y les dijo que los llamaría por la mañana cuando supieran lo que iban a hacer.
¡Pero en ese momento sólo podía pensar en ver lo que había en el vídeo!
Nada más entrar en la mansión, Randy desapareció taciturno después de decirle a su padre que se iba a dar una ducha.
Aliviado por quedarse solo, Andrew se dirigió directamente a su habitación, donde tenía televisión con vídeo.
Se sentó delante y empezó a pasar la cinta.
Las tomas eran bastante buenas, pero prefirió verlas detalladamente más tarde, así que hizo avanzar la cinta hasta casi el final.
