
Vio a Randy con la raya y, según avanzaba la cinta, Andrew empezó a sudar a la vez que se le aceleraba el corazón. De repente, ¡allí estaba ella! Se puso en pie de un salto.
– ¡Sí! -gritó con tanta fuerza que los guardaespaldas abrieron de golpe la puerta como si se esperaran problemas-. Sólo estoy viendo el vídeo -dijo Andrew riéndose.
Tan pronto como volvieron a cerrar la puerta, Andrew se arrodilló delante de la pantalla y volvió a pasar la cinta. En un momento dado, apretó el botón de pausa y miró largamente.
Era exquisita, una encantadora deidad marina cuyo rubio cabello flotaba a su alrededor como una nube. Evidentemente, su presencia la había asustado. Tenía los hermosos ojos color amatista muy abiertos. Eran de un color tan exótico como los bancos de peces fluorescentes. Su boca con forma de corazón formaba una pequeña O, haciendo que una burbuja de aire se le escapara.
Bajó la mirada y recorrió con ella su voluptuoso cuerpo hasta llegar a las caderas. Si la hubiera llegado a tocar, sus dedos habrían acariciado una cálida piel, pero de pescado.
El pulso de Andrew era un caos. ¿Estaba perdiendo la cabeza? Nunca antes había respondido de esa forma ante una mujer. Ni siquiera cuando conoció a Wendy. ¿Qué le estaba pasando?
Después de respirar profundamente varias veces para tranquilizarse, soltó el botón de pausa y la escena continuó. Se veía ahora claramente la cola de sirena. Deseó poder pasar las manos por la pantalla y agarrar esas caderas antes de que desaparecieran en el azul. Y deseó…
– ¡Papá! ¡No te has duchado todavía!
La voz de Randy lo hizo volver a la realidad. Se puso en pie y trató de controlar los frenéticos latidos de su corazón. Volvió atrás la cinta para darse tiempo de recuperarse.
– No podía esperar a ver lo que había grabado hoy.
Randy se acercó.
– ¿Estás bien?
– Más que bien -murmuró Andrew y luego se volvió hacia su hijo.
