Randy lo miró fijamente.

– ¿Papá? ¿Estás bien?

– Claro. ¿Por qué no lo iba a estar?

– No lo sé. Desde que saliste a la superficie pareces… distinto.

Andrew sonrió lentamente.

– Hijo, ¿tú crees en las sirenas?

Randy se echó a reír.

– ¿Sirenas?

– Ya sabes a lo que me refiero. Esos seres fantásticos mitad mujer, mitad pez que llevan a los marinos a su perdición.

– Sí. Son demasiado hermosas para ser reales.

Andrew se cruzó de brazos.

– ¿Quieres hacer una apuesta?

Randy pareció extrañado.

– Papá, lo que dices no tiene sentido.

– Entonces, tal vez esto te pueda aclarar las ideas. Quédate donde estás.

Andrew volvió a pasar la cinta. Randy hizo algunos sonidos de excitación cuando se vio a sí mismo y a Pokey detrás de la raya. Pero en el momento en que la sirena apareció en pantalla, se quedó como hipnotizado.

– ¡Cielos…!

Cuando desapareció, Andrew apretó el botón de parada y su mirada se encontró con la de su hijo en una comunicación silenciosa.

– No me creo lo que acabo de ver -susurró Randy-. Papá, es más que hermosa, es…

Luego pareció estar buscando la palabra adecuada mientras gesticulaba con las manos.

Andrew sonrió y asintió.

– Lo sé. Ahora tal vez comprendas lo que impidió que os siguiera a la superficie. Pensé que estaba alucinando.

– ¡Déjame verla otra vez!

Randy tomo el mando y, como su padre, apretó el botón de pausa cuando el rostro de la sirena apareció de nuevo en pantalla, entonces silbó.

– No me extraña que tardaras tanto. Si hubiera estado en tu lugar habría dejado hasta de respirar y ahora estaría muerto.

Andrew se colocó detrás de su hijo para mirar.

– Dudé en contaros la verdad hasta que pudiera ver esta cinta porque tenía miedo de que no me fuerais a creer. Y, para ser sincero, me preocupaba que me estuviera pasando algo malo.

Me gustaría seguir con el negocio de las ventas por correo. Con un póster de ella, Troy y yo nos haríamos millonarios. ¡Espera a que sepa esto!



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