
– Casi no puedo esperar a estar allí -dijo y lo hizo muy en serio.
– Sí, yo también. Está bien eso de que salgamos del país. Si no fuera así, tu trabajo se interpondría, aunque trataras de evitarlo. Es cierto lo que todo el mundo dice de ti, ya sabes.
Randy se quitó el traje de buceo, se puso una camiseta y pantalones cortos y siguió a su padre hasta su habitación, en la planta alta de la mansión del Gobernador en Carson City.
– Trabajas demasiado. Ya era hora de que tuvieras unas vacaciones de verdad, unas que no estuvieran mezcladas con el trabajo.
– No podría estar más de acuerdo contigo -murmuró Andrew.
Sabía que los comentarios de Randy eran bienintencionados, pero la verdad dolía. Le recordaba el poco tiempo que había tenido para su hijo desde que lo eligieron Gobernador de Nevada. Y la muerte de Wendy nada más salir elegido empeoró las cosas. Su propio dolor había sido demasiado profundo como para ayudar a Randy a superar la pérdida de su madre y, mucho menos, para ayudarlo con los cambios a los que se había visto abocado como adolescente que, de repente, se ve expuesto a la vista de todo el mundo como hijo del Gobernador.
Como resultado, Randy se había metido en problemas serios, cosa que los periódicos habían recogido implacablemente. Pero hizo falta que se escapara con Troy Duncan, el hermano de dieciocho años de Alex, para que Andrew se diera cuenta de sus fallos como padre. Alex había conocido a Troy el verano anterior y se habían metido en un negocio ilegal de ventas por correo. Lo que vendían eran fotos de la hermana de Troy, Alex. Fotos de las que ella no tenía ni idea.
El siempre leal Zack había encubierto a los chicos y había evitado que su tontería llegara a los titulares de los periódicos mientras Andrew estaba fuera del país. Pero, finalmente, se había visto forzado a afrontar la dolorosa verdad.
