
¿Volvería a sentir eso otra vez?, se preguntó. No le parecía posible. Sólo había un Nick y ahora era de su hermana…
El ruido de la puerta interrumpió sus pensamientos.
– A tu caseta, Bess -oyó que decía Bram-, Vamos, fuera.
La pobre Bess era un perro pastor de lo más dulce. Sophie estaba segura de que. Secretamente deseaba ser un caniche para poder entrar en la casa y tumbarse frente a la chimenea. El animal se sentaba en la puerta mientras Bram se quitaba las botas hasta que él la mandaba a su limpia y calentita perrera.
«Eres una perra trabajadora», le decía siempre. «Podrás entrar cuando te hayas jubilado».
– Esa perra es un desastre -suspiró Bram, entrando en la cocina con gruesos calcetines grises en los pies.
Iba despeinado por el viento y sus ojos parecían tan azules en contraste con su rostro bronceado por el sol, que Sophie se sobresaltó, como si estuviera viendo a un extraño.
– No es tan mala -intentó defenderla.
– Sí lo es. Nunca será un auténtico perro pastor -dijo Bram, fingiéndose enfadado-. Sería mejor que yo reuniera a las ovejas y ella llevase el silbato.
Sophie soltó una carcajada.
– Al menos lo intenta. Y te adora.
– Ojalá me adorase haciendo lo que le mando -suspiró él.
– Me temo que no es así como funciona la adoración -dijo Sophie con tristeza. Y Bram la miró con compasión en sus ojos azules.
– No, es verdad.
Los dos se quedaron callados un momento.
– ¿Esto se pasa, Bram? -preguntó ella entonces, sin mirarlo.
Bram no se molestó en fingir que no sabía de lo que hablaba.
– Se pasa, sí. Con el tiempo.
– Pues a ti no parece que se te haya pasado. ¿Cuándo rompisteis Melissa y tú?
