
– Hace más de diez años -admitió él.
– Y aún no se te ha pasado del todo, ¿verdad?
Bram no contestó inmediatamente. Se calculó las manos en la estufa de leña y pensó en Melissa. Con su pelo como el oro y sus ojos de color violeta y esa sonrisa que parecía capaz de iluminar una habitación.
– Ya se me ha pasado -dijo por fin, aunque no parecía convencido del todo-. Ya no me duele como solía dolerme, pero es cierto que a veces pienso en ella. Me pregunto qué habría sido de nosotros si ella no hubiera roto el compromiso, pero es difícil imaginarlo. ¿Habría podido Melissa ser la mujer de un granjero?
Probablemente no, pensó Sophie. Aunque había crecido en una granja, a Melissa nunca le había gustado ensuciarse las manos. Y nunca había tenido que hacerlo. Era tan frágil, tan débil, que siempre había alguien dispuesto a hacer sus tareas.
Sophie había aceptado muchos años atrás que ella tendría que hacer cosas que su hermana no haría nunca, pero no sentía rencor alguno. Quería a Melissa y se sentía orgullosa de que fuera tan guapa. Cuando eran pequeñas solía levantar los ojos al cielo y llamarla «la hermana del infierno», pero no lo decía de verdad.
Hasta que conoció a Nick.
– Sigo queriendo a Melissa -dijo Bram entonces-. Supongo que la querré siempre, pero no me duele haberla perdido como te duele a ti en este momento haber perdido a Nick. Sé que suena como un cliché, pero es verdad que el tiempo lo cura lodo.
Sophie apartó la tetera del fuego, pensativa.
– ¿Melissa es la razón por la que no te has casado nunca?
Bram apartó una silla y se sentó a la mesa.
– En parte, pero no es que esté esperándola ni nada parecido. Estoy dispuesto a encontrar a otra persona.
– A mí me gustaba Rachel para ti. Me cae muy bien.
Si alguien podía ayudarlo a olvidarse de Melissa, ésa habría sido Rachel, una abogada de Helmsley. Era una chica inteligente, simpática y con sentido del humor. Y práctica, Bram necesitaba una mujer práctica.
