
Los ojos de Sophie se llenaron de lágrimas.
– Oh, Bram, cuánto lo siento. Yo no hago más que hablar de mis problemas, pero perder a tu madre debió ser horrible. ¿Cómo puedes soportarlo?
– Estoy bien -contestó él-. Pero sólo ahora me doy cuenta de todas las cosas que hacía por mí. Cuando ella vivía no tenía que pensar en cocinar, en hacer la compra o en lavar la ropa. Supongo que me cuidaba demasiado.
– ¿Y comes bien? -preguntó Sophie, sabiendo que a Molly le habría gustado que se preocupara.
– Sí, tranquila. No sé hacer grandes platos y siempre se me olvida ir al mercado, pero no me moriré de hambre. Sé cuidar de mí mismo, pero hay un montón de tareas que hacer en la casa, y como suelo volver agotado…
– Bienvenido al mundo de las mujeres -lo interrumpió Sophie, de broma.
– Lo siento -sonrió Bram-. Suena como si estuviera buscando una criada para reemplazar a mi madre, ¿verdad? Pero no es eso. Me habría gustado darme cuenta de cuánto trabajaba y haberle dado las gracias, eso es todo.
– Molly te quería muchísimo -dijo Sophie-. Y sabía que tú la querías. No tenías que decirle nada.
Bram se sirvió azúcar en el té y lo removió, pensativo.
– No sé qué voy a hacer cuando llegue el parto de las ovejas. Hacen falta dos personas por lo menos.
Sophie había crecido en una granja y sabía que los granjeros tenían que estar pendientes para perder la menor cantidad posible de ovejas, vigilándolas día y noche. Siempre le había gustado ayudar. Le encantaba el olor de la paja, el balar de las ovejas y ver a los recién nacidos intentar ponerse en pie con sus temblorosas patitas. Pero ella sólo lo hacía de vez en cuando. No tenía que pasarse tres noches o más sin pegar ojo. En realidad, había muchas ocasiones en las que un granjero como Bram debía necesitar ayuda.
