– ¿Quiere decir que no me quieres como querías a Nick?

Ella se puso colorada.

– O como tú querías a Melissa. Es diferente, tú lo sabes muy bien. Somos amigos, no amantes.

– Por eso podría salir bien -insistió Bram-. Los dos estamos en la misma situación, así que sabemos muy bien qué siente el otro.

Luego se quedó en silencio, ensimismado. Nunca se le había ocurrido pensar en casarse con Sophie, pero ahora le parecía lo más natural. ¿Por qué no se le había ocurrido antes?

– Si ninguno de los dos puede casarse con la persona que quiere, al menos nos tendríamos el uno al otro -intentó convencerla-. No sería ningún riesgo porque nos conocemos de toda la vida. Tú sabes cómo soy y yo sé cómo eres tú. No voy a salir corriendo cuando descubra tus irritantes costumbres, como haría un extraño.

Sophie, que estaba mojando una galleta en el té, se detuvo.

– ¿Qué costumbres irritantes?

– Bueno, irritante podría no ser la palabra -aclaró Bram, percibiendo que estaba en terreno peligroso-. Debería haber dicho… manías.

– ¿Qué manías? -insistió Sophie.

– Por ejemplo… cómo arrugas la cara mientras intentas decidir qué quieres tomar en el pub. Que siempre digas que no quieres patatas fritas y luego te comas las de los demás… o esos pendientes tan raros que llevas siempre.

Sophie se tapó las orejas con las manos. Su amiga Ella era diseñadora de joyas y le hacía los pendientes.

– ¿Qué tienen de raro?

Bram estudió las plumitas que colgaban de sus orejas. Aquellos pendientes eran discretos comparados con los que solía llevar.

– Debes admitir que no son muy normales.

– ¿Alguna cosa más? -preguntó Sophie, comiéndose la galleta.

– Bueno, por ejemplo que sueles comerte todas las galletas y luego te pasas el resto de la tarde quejándote porque vas a engordar.

Sophie, que iba a llevarse otra galleta a la boca, la dejó sobre el plato.

– ¿Quieres saber cuáles son tus costumbres irritantes?



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