
– Pero entonces le diríamos adiós a nuestros sueños para siempre -protestó ella.
– Llegar a un compromiso significa tener algo en lugar de no tener nada -replicó Bram-. Y serviría para solucionar tu problema en Navidad, por ejemplo. Tú misma has dicho que no puedes pasar las navidades con tus padres a menos que tengas un novio. ¿Por qué no puedo ser yo?
– Pues… porque todo el mundo te conoce.
– ¿Y?
– Todo el mundo sabe que somos amigos. Nadie creería que, de repente, nos hemos enamorado -protestó Sophie-. Además, ya le he dicho a mi madre que estoy enamorada de otro.
– Pero no le has dicho quién es, ¿no? Ese otro podría ser yo.
– Pero si fueras tú se lo habría contado -respondió ella, sorprendida por su insistencia y aún convencida de que estaba de broma.
– ¿Por qué? Acabamos de enamorarnos y tenemos que hacemos a la idea -se encogió él de hombros-. No iríamos por ahí contándoselo a todo el mundo.
Sophie lo miró, escéptica.
– O sea, que tenemos que esperar que mis padres y todos los que nos conocen de toda la vida crean que, de repente, nos hemos enamorado, ¿no?
Bram volvió a encogerse de hombros.
– Esas cosas pasan. Yo creo que es posible mirar a una persona a la que conoces desde siempre y, de repente, verla de otra forma.
Recordó entonces lo desconcertado que se había sentido un año antes, cuando le habló de Nick. O cuando estaban en la valla, unas horas antes, y Sophie se apoyó en su hombro. Claro que eso no era lo mismo que enamorarse de ella, pero había sido algo chocante.
– La gente cambia. A veces cuando menos te lo esperas.
– Sí, supongo que sí -asintió ella, pensativa-. Pero no me imagino a mí misma enamorándome de esa forma.
