
No podía ni imaginarlo. Con Nick, había sido amor a primera vista. ¿Cómo podía ser lo mismo si conocía a la otra persona de toda la vida?
Bram, por ejemplo. Sería rarísimo. Tenía la misma nariz de siempre, la misma boca… no había nada feo en sus facciones, pero tampoco nada especial. Nada que le acelerase el corazón.
Aunque, para ser justa, siempre le habían encantado sus ojos. Eran profundos, de un azul tan claro como el cielo, con un perpetuo brillo burlón.
Y ahora que lo miraba detenidamente, tenía una boca interesante. Curioso que no se hubiera dado cuenta antes, pensó. Debía ser porque estaban hablando de casarse. Nunca se había fijado en la boca de Bram. Tenía algo que la hacía sentir… no excitada, no, ésa no era la palabra. Turbada tampoco. La hacía sentir un poco desconcertada.
¿Le parecía sexy?
Horrorizada, Sophie sacudió la cabeza. Estaba mirando a Bram, a su amigo Bram. Y era absurdo mirarlo de esa forma. No debería estar pensando en sus ojos ni en su boca. No de ese modo, al menos.
– Si estuviéramos prometidos, tendrías la excusa perfecta para quedarte aquí conmigo y no en casa de tus padres -siguió él, sin embargo-. Por supuesto, tendrías que ver a Nick, pero sólo en el cumpleaños de tu padre y en la comida de Navidad. Podrías marcharte cuando quisieras… siempre podemos inventar alguna crisis en mi granja. Ya sabes que aquí no faltan problemas.
Sería más fácil pasar las navidades con Bram, desde luego. Era un hombre tan tranquilo, tan seguro de sí mismo, que siempre se podía confiar en él para romper un silencio incómodo o para evitar la tensión con alguna nota de humor, cualidades que le serían necesarias durante la comida de Navidad.
Su presencia también lo haría todo más fácil para Melissa. Sophie sabía que su hermana se sentía culpable y quizá si pensaba que había encontrado la felicidad con Bram podría tranquilizarse y disfrutar de su matrimonio.
¿Y Nick? ¿Qué pensaría él? ¿Se alegraría de que hubiese encontrado a alguien?
