– ¿Qué quieres que diga? -se encogió él de hombros, mirándola con un brillo burlón en sus ojos azules.

– Podrías poner cara de susto, por lo menos. ¡De verdad, cualquiera pensaría que el chantaje es una cosa que ocurre todos los días en el valle de North Yorkshire! Al menos podrías decir: «Qué horror, pobre Sophie». Pero no… «Eso no suena bien».

– Lo siento -se disculpó humildemente Bram-. Es que había pensado que eran cosas de tu madre otra vez.

Estaba en lo cierto, naturalmente. Sophie dejó escapar un largo suspiro.

– ¿Cómo lo has adivinado? -preguntó, irónica.

No era difícil. Harriet Beckwith llevaba chantajeándola emocionalmente toda la vida. De hecho, había convertido el chantaje emocional en un arte.

– ¿Qué quiere ahora?

– Quiere que venga a casa por Navidad -contestó Sophie, moviendo los hombros contra el frío-. Lo tiene todo planeado. Vamos a pasar unas felices navidades todos juntos.

– Ah -Bram entendió el problema de inmediato-. ¿Y Melissa…?

– Estará allí-Sophie terminó la frase por él-. Con Nick, claro.

Intentaba que su voz sonase normal, pero Bram se percató de cuánto le costaba pronunciar el nombre de su cuñado.

– ¿No puedes decirle que vas a pasar las navidades con tus amigos, como el año pasado? Dile que te vas a esquiar o algo así.

– Lo haría si pudiera, pero no tengo un céntimo -dijo Sophie entonces-. Podría mentirle, pero entonces tendría que pasarme todas las navidades escondida en mi apartamento, sin contestar al teléfono, comiendo latas de sardinas y viendo la tele antes de estrangularme con el espumillón.

– Eso no suena muy divertido -sonrió Bram.

– No -asintió ella con un suspiro-. Además, no valdría de nada. Mi madre lo tiene todo planeado. Me ha recordado que mi padre cumple setenta años el día veintitrés de diciembre y quiere hacerle una fiesta.

– ¿De ahí el chantaje emocional?



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