¡Ah, ahí estaba el chantaje! Si no volvía a casa en Navidad, no sólo le estaría negando a su anciano padre la alegría de verla el día de su cumpleaños, sino que estaría condenando a Bram a la soledad en un día tan señalado.

Su madre era muy lista, desde luego. Sí, había convertido el chantaje emocional en un arte, desde luego.

Claro que su padre se había pasado el día bajando a las ovejas del páramo y, durante el desayuno, había comido con el mismo apetito de siempre, pero Sophie ya había tomado la decisión de volver a casa para celebrar su cumpleaños. De modo que también se quedaría para Navidad.

Pero no lo pasaría tan mal si Bram estuviera a su lado para darle apoyo moral. ¿Y por qué no darle a su madre la satisfacción de creer que sus artimañas habían funcionado?

– A mí me parece buena idea, mamá. Claro que vendrá.

Sophie se levantó el cuello de la chaqueta y salió de la estación de metro para ir a su apartamento, cansada y deprimida. Acababa de quedarse sin trabajo y, sobre todo, sin ingresos. Había que pagar el alquiler a final de mes y no tenía ni idea de cómo iba a hacerlo.

Aunque, en realidad, todos en la oficina sabían que el hacha estaba a punto de caer. Sophie no era la primera en ser despedida y no sería la última.

Tampoco le había roto el corazón dejar esa oficina. Vender seguros para sistemas informáticos debía de ser el trabajo más aburrido del mundo. A lo mejor algunos de sus colegas lo encontraban fascinante, pero para ella, cuyo sueño era vivir de la artesanía, era una tortura.

Aunque había tenido suerte de encontrarlo. Había terminado la carrera de Bellas Artes con tantas esperanzas… y pronto descubrió que era muy difícil ganarse la vida como artista en Londres. De modo que tuvo que buscar un trabajo para pagar el alquiler mientras se dedicaba a la arcilla por las noches y durante los fines de semana. Encontrar una galería que expusiera su obra había sido el primer paso hacia una vida soñada, pero incluso eso se había terminado.



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