Sophie suspiró. Londres era una ciudad tan cara. Sería más sencillo vivir en el pueblo, pero tampoco allí sería fácil encontrar trabajo. Además, tendría que vivir en casa de sus padres y su madre y ella apenas podían aguantar un fin de semana sin discutir.

No, vivir con sus padres era imposible… Y, además, estaba Nick.

Se encontraría con él todo el tiempo. En casa de sus padres, en el pub, en el mercado. La angustia de verlo pero no poder tocarlo sería insoportable.

De modo que tenía que seguir viviendo en Londres. Aunque lo odiaba. No dejaba de llover, el tráfico era horrible, durante la hora punta subirse a un vagón era tarea imposible, siempre había una alarma sonando en alguna parte…

Y durante toda aquella semana, Sophie había añorado el campo más que nunca. Tanto que a veces se sentía físicamente enferma.

Y todo por culpa de Bram. Él había puesto la posibilidad de pasar las navidades en casa delante de su cara y ahora no podía dejar de pensar en ella.

Una vez en su apartamento, Sophie miró por la ventana de la cocina… y vio una pared de ladrillo. En Haw Gilí uno veía el valle y el hermoso cielo de Yorkshire.

Podría estar allí. La cocina de Haw Gilí podría ser suya.

Si se casaba con Bram.

Pero no, qué tontería. Decirle que no había sido lo mejor, pensaba. Casarse con él sin estar enamorada sería utilizarlo, y ella no podía hacerle eso.

Pero ¿y si su madre tenía razón? ¿Y si nunca conocía a la mujer de su vida? ¿Y si decidía consolarse con alguien como Vicky Manning?

Ése era el pensamiento que realmente la sacaba de quicio.

Vicky no se quejaría del frío, ni de la soledad, ni del duro trabajo en la granja. Bram se aburriría de ella en menos de un año, estaba segura. Y Bram, siendo como era, le sería fiel y tendría que aguantarse con Vicky toda la vida.



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