
Al menos, ella podría salvarlo de ese horrible destino. No era la mujer perfecta, pero sería mejor esposa que Vicky.
Y podría volver a casa.
Y podría enfrentarse con Melissa y Nick. No sonaba mal… ¿no?
Su compañera de piso, Ella, estaba de acuerdo.
– ¿Por qué le has dicho que no? -le había preguntado cuando volvió a casa y le habló de la proposición de Bram-. Yo creo que casarte con Bram resolvería todos tus problemas. Podrías volver a tu pueblo, no tendrías que buscar otro trabajo absurdo, tu madre te dejaría en paz y, sobre todo, sería un puñetazo en el estómago para ese cerdo que te dejó por tu hermana.
– No es un cerdo. Ella -había protestado Sophie. Pero su amiga detestaba a Nick.
– Si se había enamorado de Melissa, debería haberse callado hasta que pudiera hablar contigo. En lugar de eso, te dejó a ti el trabajo sucio. ¡Nick se pasa el día diciendo que es una persona estupenda, pero en mi opinión no es un caballero!
Algo que siempre sonaba un poco raro viniendo de una chica que llevaba un piercing en la nariz y otro en la ceja.
– No puedo casarme con Bram -intentaba explicarle Sophie ese viernes por la noche, mientras abrían una botella de vino porque no tenían dinero para salir-. Es mi mejor amigo.
– ¿Y qué? No hay ninguna ley que te prohíba casarse con tu mejor amigo. De hecho, que seáis amigos es perfecto. ¿Bram es raro, tiene algún defecto horrible?
– ¡Claro que no!
– ¿No escupe cuando habla? ¿No tiene pelos en las orejas?
Sophie soltó una carcajada.
– ¡No!
– ¿Cómo es? -preguntó Ella.
– ¿Bram? No es nada especial -contestó Sophie, pensando en sus ojos azules, en su sonrisa, en su solidez-. Pero tampoco es feo. Es… sencillamente Bram.
