– Me parece muy bien y tiene razón, pero necesito algo más sólido que su imaginación.

– Oh, sí, la imaginación… ¡Qué pecado!

– Me está haciendo perder el tiempo, señor Wakeman. Esto es un banco, no somos los Reyes Magos. En fin, si no tiene alguien que le avale, dígame, ¿a qué valor asciende lo que tiene en material?

– Tengo unas doscientas libras en fuegos artificiales en este momento; pero como esta noche voy a utilizar la mayoría, no me quedará mucho.

– ¿Qué hay de su caravana? ¿Cuánto podría valer?

– Nada, la compré de tercera mano. No hace más que estropearse y me paso la mitad del tiempo arreglándola.

Jane, desesperada, tiró el bolígrafo encima de la mesa.

– Me resulta difícil creer que haya tenido el valor de presentarse aquí para pedir un préstamo.

– No está contando mi talento y mi trabajo, ¿es que eso no vale nada?

– Desgraciadamente, no se puede representar con cifras y números.

– Y si no se puede representar con cifras y números es como si no existiese, ¿verdad? Señorita Landers, me da pena.

– Además de ser un irresponsable, es usted un impertinente.

– Me da pena porque no puede levantar la cabeza de los números.

– Es uno de los requisitos de mi trabajo -respondió ella en tono gélido.

– Es usted demasiado joven y hermosa para que consumirse entre estas cuatro paredes con su escritorio y su ordenador.

– Son eficientes.

– Eficiencia. ¡Qué Dios nos ayude! ¿Eso es todo lo que le importa en la vida?

– Mi vida no es asunto suyo, pero le diré una cosa: se basa en valores morales y estabilidad, cosas de las que usted no parece haber oído hablar.

– Todo lo contrario, he oído hablar demasiado de ello…, como si fuese lo único importante en este mundo. ¿Ya qué se reduce todo? A la infinita búsqueda de dinero.

– Permítame recordarle, señor Wakeman, que usted mismo ha venido aquí en busca de dinero.



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