– Sí, cierto, pero sólo para transformarlo en algo hermoso.

– En fuegos artificiales -dijo ella con desdén-. ¡Por favor, señor Wakeman!

– Una exhibición de fuegos artificiales puede ser una obra de arte.

– ¿Cómo tiene el atrevimiento de compararse con un artista?

– Soy más artista que el que ha pintado esos cuadros que tiene colgados en la pared. ¿Sabía que los han elegido porque dan paz mental? En otras palabras, su valor está en su neutralidad. El arte debería hacer gritar y llorar a la gente. El arte debería iluminar el cielo y, en ese sentido, sí soy un artista.

– Bueno, creo que eso es todo lo que… -Jane empleó un tono de voz que indicaba que daba por terminada la entrevista.

– Puedo hacerla ver el universo como jamás lo ha visto -continuó él interrumpiéndola-. Puedo mostrarle todos los colores del arco iris lloviendo en miles de formas. Apuesto a que no hay color en su vida.

– Soy una empleada de un banco, no me pagan por poner color en mi vida -contestó Jane seriamente.

– ¿Qué me dice de su corazón? -de repente, él la miró con ojos penetrantes.

– No ha venido aquí para hablar de mi corazón.

– ¿A quién le pertenece?

– Ya es suficiente. Por favor, le ruego que se marche.

– Si me marcho, habré fracasado.

– Ha fracasado. El banco Kells no puede concederle un préstamo.

– No estoy hablando del préstamo, sino de usted, de una mujer encerrada en una cueva. Si pudiera sacarla de esa cueva, podría enseñarle maravillas.

Jane tuvo la ocurrencia de mirarlo a los ojos, fue una equivocación. La expresión de él le indicó que ya no estaba hablando de los fuegos artificiales.

– Maravillas -repitió él con una voz que, misteriosamente, se había suavizado-. Magia. ¿Sabe algo de magia?

– Yo… no.

– No, claro. Para usted, sólo hay una vida, el aquí y ahora. ¿Pero qué me dice del otro mundo donde pasan cosas maravillosas? Si jamás entra en contacto con ese mundo, no sabrá nunca lo que es vivir realmente. Su novio, el serio, el que lleva corbata, ¿le ha enseñado lo que es la magia?



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