
– Tengo que justificar mis decisiones en la oficina central; lo siento, pero no sé cómo representar la gloria del cielo en mi informe.
– ¡La oficina central! ¡Un informe! Mire esa lluvia rosa y azul cayendo del cielo. ¿Quiere que le hable de las maravillas de los fuegos artificiales? Tiene que levantar los ojos para verlos. La mayoría de la gente nunca levanta la cabeza de la tierra. El mundo, para ellos, es blanco y negro, hasta que alguien les enseña los colores que han ignorado hasta entonces. Está bien, si quiere números, aquí están los números.
Con un cambio de actitud casi cómico, Gil puso unos papeles delante de ella. Con sorpresa, Jane vio que las cuentas estaban presentadas con ordenada y eficientemente. Era una pena que la contabilidad sólo fuera de seis meses, pero revelaban un aspecto muy diferente del Gil Wakeman con el que había tratado hasta el momento.
– Cuénteme algo más de usted, señor Wakeman. Antes de dedicarse a los fuegos artificiales, ¿en qué ha trabajado?
Jane tuvo la impresión de que la pregunta le había desconcertado cuando le vio encogerse de hombros con expresión incómoda.
– ¿Que qué he hecho? El préstamo que he venido a pedir se basa en mi capacidad para el trabajo que desempeño en este momento.
– Permítame que le recuerde que no tiene muchas probabilidades de que le concedamos el préstamo.
– Está bien. Nací en Londres y he hecho un poco de esto y de lo otro. He trabajado con números, esas cuentas son correctas.
– Sí, se ven que lo son. ¿Tiene usted alguien que pueda avalarle?
– Nadie a quien quiera pedírselo. Quiero hacer esto independientemente.
– Me lo está poniendo muy difícil, señor Wakeman. Tengo que meter los datos en un ordenador; con lo que tengo de usted hasta ahora, el ordenador se echaría a reír.
– Los ordenadores no ríen -dijo él serio-, eso es lo malo que tienen. La gente ríe, canta, llora y exclama en mis espectáculos; y después, se van felices. ¿Qué saben de eso los ordenadores?
