
Jane recuperó la compostura.
– Me gusta mucho salir contigo, Kenneth -declaró Jane con firmeza-, te lo digo en serio.
– Querida, me encanta oírte decir eso, pero… ¿es necesaria tanta vehemencia? -preguntó Kenneth, mostrando ligera sorpresa.
– ¿Lo he dicho así?
– Lo has dicho como si estuvieras anunciando una medida política a la prensa.
– Simplemente, se me ha ocurrido que quizá no te diga con frecuencia lo mucho que te aprecio.
– Te lo recordaré la próxima vez que necesite un préstamo.
– No hablemos de préstamos esta noche, por favor.
– Sólo era una broma, pero te pido disculpas. Se me estaba olvidando.
– ¿Qué se te estaba olvidando?
– Que no sólo eres la directora de una sucursal bancaria, sino también una mujer muy hermosa.
Las palabras eran adecuadas, pero no su tono. Sus galanterías sonaban automáticas. Jane se preguntó por qué no lo había notado antes.
– ¿Qué tal van los preparativos de la celebración de las bodas de oro de tus abuelos? -le preguntó Kenneth.
– Bien. Aunque la verdad es que quien está haciéndolo casi todo es la mujer de mi hermano James. Como tienen una casa muy grande, la elegimos para la fiesta.
– ¿Vais a estar todos?
– Sí, todos, incluso mi tío Brian, el que vive en Australia. El problema es que se mantenga en secreto. Sarah y Andrew creen que se trata sólo de una cena familiar, pero cuando entren se van a encontrar con casi cien personas en la casa.
– Nunca he comprendido por qué dos personas tan tradicionales y dignas permiten a sus nietos que los llamen por el nombre de pila.
