– De todos modos, mi abuelo no ha pasado por que le llamen Andy; a mi hermano Tony se le ocurrió llamarle Andy un día y le pusieron en su sitio.

– Gracias a Dios. Tus abuelos deben estar muy orgullosos de su familia. Cinco hijos, dieciocho nietos y ni un sólo garbanzo negro en la familia.

– Es un comentario algo extraño.

– Lo que es extraño es que, entre tantos, no haya salido alguno que haya dado problemas. Más aún, la banca y la abogacía son las dos profesiones que mantienen este país, y todos vosotros os habéis dedicado a una u otra de las dos.

– Se te olvida Tony, que intentó ser actor.

– Sí, pero recobró el sentido común a tiempo.

– Sí, supongo que sí. Pero me parece que no ha vuelto a ser feliz desde que se metió a trabajar en el banco.

– Bueno, no ha llegado tan lejos como tú, y dudo que lo haga, pero tiene una posición social y económica sólida.

Kenneth bebió un sorbo del excelente vino que había pedido y se recostó en el respaldo de su asiento con expresión pensativa.

– Casados cincuenta años -dijo con incredulidad-. Felizmente casados. Jamás olvidaré el primer día que me llevaste a cenar con ellos. Tu abuelo contó una anécdota muy divertida sobre un conejo, y tu abuela lo escuchaba y lo miraba completamente absorta.

– Sí, lo sé -Jane se echó a reír-. Uno no imaginaria que ha oído esa anécdota más de mil veces. Mi abuelo siempre la cuenta cuando tiene invitados, y la abuela se ríe como si fuese la primera vez que la oyera.

– ¿Lo ves? Devoción de esposa. Apoyo mutuo, tanto para lo bueno como para lo malo. Seguridad y dependencia. Esas cosas son lo que importan.

– ¿Y el amor, no importa?

– Por supuesto. La gente se casa para que el matrimonio les ayude a aguantar juntos en los momentos de crisis. Es fundamental elegir a tu pareja en base a los valores que importan, y éstos son los valores duraderos.



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