
Él rió con ella.
– Así está mejor. He ganado.
– ¿Qué es lo que ha ganado?
– Había apostado conmigo mismo a que la hacía reír en menos de cinco minutos. Debería reír más a menudo, le sienta muy bien. Es su yo verdadero.
– Usted no sabe nada de mí -declaró Jane imponiendo orden por fin-. Y si espera que le demos un préstamo, será mejor que empiece a comportarse como un cliente respetable… si es que sabe cómo hacerlo.
– No sé -respondió él inmediatamente-, pero podría enseñarme. ¿Cómo cree que debo comportarme, como ese tipo que ha entrado antes que yo?
– Como un hombre responsable y con sentido común -le aconsejó ella.
– ¿Así le gustan los hombres, responsables y con sentido común?
– Es la clase de hombre que consigue préstamos. Él se la quedó mirando con la cabeza ladeada.
– No es eso lo que le he preguntado. ¿Qué clase de hombre le gusta?
Jane dejó el bolígrafo encima del escritorio.
– Señor Wakeman, aunque a usted le dé igual, soy la directora de un banco. Y la clase de hombre que me gusta ver en este despacho es responsable y no me hace perder el tiempo.
– ¿Y qué clase de hombre le gusta ver sentado a su lado en un restaurante?
– Con corbata -respondió ella con la severidad de que fue capaz.
– Supongo que su novio lleva corbata, ¿no?
– Me niego a hablar de ello con usted.
– Apuesto a que tiene más de una corbata, al contrario.
– Creo que no conozco a nadie como usted -dijo ella con exasperación.
– Y estoy seguro de que es tieso, estirado y serio; y lo que más le gusta de usted son sus cualidades medidas en esterlinas.
Tan poco tiempo después de que Kenneth la hubiera halagado por su puntualidad, aquel hombre le tocó un punto débil. La conversación había ido demasiado lejos. Con firmeza, Jane sacó sus gafas y se las puso.
