– Quizá pueda darme algunos detalles más -dijo Jane con voz fría-. Su nombre es Gilbert Wakeman. ¿Qué edad tiene?

El contestó, revelando que tenía treinta y cinco años. Jane lo miró fugazmente.

– Sí, no soy un jovencito alocado como usted pensaba -declaró él interpretando correctamente la expresión de Jane.

– Parece más joven de lo que es.

Pero ahora que lo observó fijándose más, vio que su rostro indicaba la edad que tenía. Lo que la había confundido era su forma de vestir y su actitud informal.

– ¿Dirección? -le preguntó ella.

– Vivo en una caravana.

Jane volvió a dejar el bolígrafo en la mesa y suspiró.

– ¿En serio ha pensado que puedo darle un préstamo a alguien que no tiene dirección fija?

– Sí, lo creía…, antes de ponerse las gafas.

– Señor Wakeman, tengo muchos clientes.

– Aún no le he hablado de mi negocio. Tome, mire.

Gil sacó un álbum de fotos y lo abrió encima del escritorio. Estaba lleno de fotografías ampliadas de fuegos artificiales estallando en brillantes colores: rosas, azules, rojos, verdes, amarillos y blancos.

– Este es mi trabajo -dijo él-. Me contratan de todas partes de país. Una caravana es la forma más eficiente de vivir y trabajar en este negocio.

– ¿Para qué necesita el préstamo?

– Para expandir el negocio. Quiero comprar mejores fuegos artificiales y realizar exhibiciones mayores y más complejas. Tengo muchas ideas respecto a cómo mejorar el espectáculo, pero me falta el dinero necesario. Con dos mil libras, podría comprar un ordenador que me ayudaría enormemente en mi trabajo.

– ¿Cuánto tiempo lleva trabajando en esto, señor Wakeman?

– Seis meses.

– Entonces, ¿aún no tiene un libro de contabilidad?

Gil hizo una mueca.

– Le enseño la gloria del cielo y usted me pregunta por el libro de contabilidad.



8 из 130