La cadena Garrison tenía una docena de hoteles mucho más grandes que los de ella. Los hoteles McKinley eran más pequeños, pero exclusivos.

– No habla en serio, ¿verdad?

Emma asintió con la cabeza.

– Quiero expandirme, como todo el mundo. Y su empresa es mi oportunidad.

– ¿Y no le importa a quién pueda pisar para conseguirlo?

Ese hombre se había ganado a pulso su reputación. La prensa lo había alabado algo más durante los últimos meses, pero no engañaba a Emma. Era un comprador con mucha sangre fría que se aprovechaba de las desgracias de los demás.

El se acercó un paso más y se cruzó de brazos.

– Creo que Katie no se lo ha explicado bien. Yo soy el que está haciéndoles un favor.

Emma no aguantaba más, levantó la barbilla antes de contestarle.

– ¿Cómo? ¿Casándose con mi hermana y tomando los mandos de nuestra empresa?

– No, salvándola de la bancarrota. Son insolventes, señorita McKinley. Si no la adquirimos nosotros, entonces será otra cadena. Así funciona el mercado.

– No me hable como si fuera estúpida.

El le dedicó media sonrisa.

– Tal y como yo lo veo, es una situación con la que los dos ganamos.

– A mí me parece lo contrario.

– Eso es porque es idealista y poco práctica.

– Al menos yo tengo alma.

– La última vez que lo comprobé, el estado de Nueva York no pedía un alma como requisito para montar un negocio -repuso él.

– No va a casarse con usted.

– ¿Le ha explicado el acuerdo?

Katie ya le había contado todo. Alex quería su cadena de hoteles, pero se había gastado miles de dólares durante los últimos años intentando mejorar su imagen y no quería que la prensa lo acribillara por hacerse con la empresa de dos jóvenes que acababan de quedarse sin padre.

No quería mala publicidad. Por eso había propuesto casarse con Katie para disfrazar sus verdaderas intenciones.



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