– La verdad es que no importa con qué hermana sea. Elegí a Katie porque ella es…

– La guapa -terminó Emma.

Sabía que todo el mundo lo pensaba, pero le fastidió que también él se hubiera dado cuenta, le dolía su frialdad.

– Eso no es…

– Ni mi hermana ni yo vamos a casarnos con usted -lo interrumpió ella.

– Hay una tercera opción. Intenta conseguir un crédito. Vais a quedaros sin nada -lo amenazó él.

– La tercera opción es que consiga dar con una solución para nuestros problemas económicos. Y voy a ponerme a trabajar en ello de inmediato.

Alex le dedicó otra media sonrisa.

– Entonces, no daré por concluida mi oferta hasta dentro de veinticuatro horas.

Emma se giró y fue hacia la puerta. Su tempestuosa salida de la sala no era más que un farol, y los dos lo sabían. Sabía que nunca podría perdonarle por lo que estaba haciendo.

– No tiene por qué hacerlo, señor Garrison.

– Emma, dadas las circunstancias, será mejor que me llames Alex.

Ella no se giró para mirarlo, pero el sonido de su propio nombre en los labios de Alex había conseguido estremecerla.

Dos horas más tarde, Alex se reunía con los hermanos Rockwell y con Ryan Hayes.

– Supongo que has concretado todos los detalles con ella, ¿no? -le preguntó Ryan.

Alex cerró la carpeta que estaba leyendo y la dejó sobre la mesa con cuidado.

– No del todo.

– ¿Qué quieres decir con eso? -insistió Ryan.

Alex suspiró y se echó hacia atrás en su sillón. Se frotó las sienes con los dedos. Cada vez le parecía más ridícula la idea de Gunter.

– Lo que quiero decir es que aún no hemos concretado lo detalles.

– Pero te casas.

– Lo estoy intentando -repuso él.

Ryan le habló mientras lo señalaba con el dedo índice.

– No vas a tocar esos hoteles a menos que te cases con una de las hermanas McKinley. Alex, sabes que si no la prensa nos crucificará.



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