
Alex apretó los dientes. Había pensado mucho en todo aquello. Si sólo dependiera de él, pediría un crédito y compraría la cadena de hoteles. Al fin y al cabo, era el mundo de los negocios.
Pero Ryan y Gunter eran dos de los principales accionistas de la empresa. Los dos pensaban que la mala reputación de Alex como hombre de negocios frío y calculador estaba dañando la empresa.
Por eso le estaban forzando a comportarse como un niño bueno, al menos en público. No podía discutir ni fruncir el ceño. Pensaba que sólo era cuestión de tiempo antes de que le pidieran que besara a los bebés que se encontrara por la calle y que ayudara a ancianitas a cruzar los semáforos.
– ¿Por qué no te casas tú con ella? -le preguntó a Ryan.
– Porque yo no soy el que tengo un problema de imagen pública. Además, tampoco soy el director general ni la cara de la cadena de hoteles Garrison. Los resultados del último trimestre han aumentado un quince por ciento.
– Puede deberse a cualquier otra cosa -repuso Alex. No estaba dispuesto a admitir que el espectacular incremento de los beneficios se debiera a su mejorada imagen exterior.
– Entonces, ¿de qué detalles estamos hablando? -preguntó Ryan.
– ¿Cómo?
– Sí, ¿qué detalles tienes aún que concretar con Katie?
– Ninguno. No se trata ahora de Katie, sino de Emma. Y ella está aún pensándoselo.
Alex no podía creerse que, en menos de cuarenta y ocho horas, le hubiera pedido a dos mujeres distintas que se casaran con él.
– Pensé que se lo habías pedido a la guapa -le comentó Ryan.
– La guapa dijo que no, así que se lo pedí a Emma. Ella no tiene novio.
– Ya me imagino.
Alex se puso tenso. Era cierto que Emma no era espectacular como su hermana, pero creía que no había razón para insultar.
– ¿Qué quieres decir con eso?
– Que es dura y da bastante miedo. Alex se puso de pie.
