
– Eres un cobarde -le dijo.
A él no le parecía que Emma diese miedo ni que fuera especialmente dura. Creía, simplemente, que se sentía frustrada y asustada. Situación de la que podía beneficiarse.
Ryan también se puso en pie.
– Cualquiera de las dos, Alex. O consigues que funcione o tenemos que dejar pasar la oportunidad.
Él no estaba tan seguro. Algunos hoteles de McKinley estaban en excelentes localizaciones, como el de la playa en la isla de Kayven. Sabía que el valor de esas propiedades se incrementaría en gran medida en cuanto se instalara allí un muelle para cruceros.
A lo mejor tenía que mejorar su oferta o encontrar algún otro punto débil, pero lo que tenía claro era que no iba a dejar pasar esa oportunidad.
– ¿Qué vamos a hacer? -le preguntó Katie.
Estaban en el restaurante del hotel McKinley en la Quinta Avenida de Nueva York.
– No lo sé -le contestó Emma con sinceridad-. Voy a llamar al banco mañana por la mañana.
– ¿Y qué les vas a contar?
– Intentaremos renegociar las hipotecas. A lo mejor podemos usar la propiedad de Martha’s Vineyard como garantía.
– Eso no va a funcionar.
Emma no contestó. Sabía que su hermana tenía razón. Ni la venta de esa casa conseguiría pagar una mínima parte de la gran deuda contraída por su padre.
Los últimos años habían sido duros para la empresa. Los costes habían subido y la ocupación había bajado. Su padre siempre se negaba a despedir a empleado. Y sus tres hoteles en puertos de esquí estaban siendo remodelados. Pero los dos últimos inviernos habían sido muy malos, había nevado muy poco.
Estaban metidas en un lío, y Alex Garrison lo sabía. Era un hombre inmoral, pero no era tonto.
– Voy a tener que casarme con él -repuso Katie con cara de derrotada.
– ¿Y David?
– Intentaré explicárselo.
Emma tomó un sorbo de su martini.
– Lo siento, cariño, pero voy a casarme con otro hombre, aunque sólo es por dinero -repuso Emma, imitando la voz de su hermana.
