– Tal vez dé un paseo esta tarde -dijo-. Esa doncella mencionó algo sobre una iglesia, me parece.

– Saint Mary the Virgin -le explicó Caroline-. Sí, es muy bonita. De origen normando. Este suelo es muy blando, así que la torre está apuntalada por unos enormes contrafuertes.

– Estamos en un pantano -dijo Mariah dando un bufido-. Se debe de estar hundiendo todo. ¡Es un milagro que no estemos hundidos hasta las rodillas en el barro, o algo peor!


Y así pasó la mayor parte de los dos interminables días siguientes. Pasear por el jardín era deprimente; casi todo había muerto, los árboles estaban negros sin hojas, y parecían gotear sin cesar. Era demasiado tarde incluso para las últimas rosas, y demasiado pronto para las primeras campanillas de invierno.

No había nada que valiera la pena hacer, nadie con quien hablar o a quien visitar. Y quienes acudían a visitarlos eran insoportablemente aburridos. No tenían nada de que hablar salvo de gente a la que Mariah no conocía; ni ganas. Nunca habían estado en Londres y no sabían nada sobre la moda, la buena sociedad o los acontecimientos importantes que estaban sucediendo en el mundo.

Fue entonces, a media tarde del segundo día, cuando llegó una carta para Joshua. La abrió mientras tomaban el té en el salón. El fuego rugía al subir por la chimenea, la lluvia golpeaba en la ventana en la oscuridad, mientras densas nubes oscurecían la débil luz invernal. En una bandeja de plata había una tetera con té caliente, panecillos tostados con mantequilla fundida dentro, bañados por un sirope dorado. La cocinera había preparado un pastel de Madeira particularmente sabroso y pastas de té acompañadas de mantequilla, mermelada de frambuesas y una crema tan espesa que se podía comer con tenedor.



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