
– Es una carta de tía Bedelia -dijo Joshua mirando a Caroline con el ceño fruncido-. Dice que tía Maude ha regresado sin avisar de Oriente Medio, y esperaba que la invitaran a pasar la Navidad. Pero es imposible porque tienen otro invitado muy importante al que no pueden echar para hacerle sitio a ella.
– ¡Pero es Navidad! -dijo Caroline consternada-. ¿Seguro que no pueden hacerle un hueco? No pueden rechazarla de ese modo. Maude es un miembro de su familia. ¿Tan pequeña es la casa? Tal vez un vecino pueda acogerla, pues solo sería una noche.
El rostro de Joshua se tensó. Parecía preocupado y un poco azorado.
– No, su casa es grande, al menos tiene cinco o seis dormitorios.
– Si tienen tanto espacio, entonces ¿cuál es el problema? -preguntó Caroline con cierto nerviosismo en la voz, como si temiera la respuesta.
Joshua bajó los ojos.
– No lo sé. La llamo tía Bedelia, pero en realidad es la prima de mi madre y no la conozco demasiado, ni a su hermana Agnes. En cuanto a Maude, se fue de Inglaterra cuando yo nací.
– ¿Se fue de Inglaterra? -Caroline estaba asombrada-. ¿Quieres decir para siempre?
– Sí, eso creo.
– ¿Por qué?
Joshua se ruborizó y puso cara de tristeza.
– No lo sé. Nadie quiere hablar de ello.
– Por lo que parece, simplemente no quieren recibirla -dijo Mariah con franqueza-. Como excusa es muy mala. ¿Y qué demonios esperan que hagas tú?
Joshua la miró fijamente y sus ojos la hicieron sentir incómoda, aunque no comprendió muy bien por qué. Tenía unos preciosos ojos de color avellana, y muy sinceros.
– No, suegra -respondió, empleando un título para ella que no tenía ningún derecho a usar-. La envían aquí, a nuestra casa.
– ¡Eso es ridículo! -dijo Mariah más fuerte de lo que pretendía-. ¿Y qué demonios vas a hacer tú?
