– Acogerla -respondió-. No será difícil. Tenemos dos dormitorios más.

Caroline dudó solo un instante.

– Claro -consintió sonriente-. Aquí tenemos de todo. No será ningún problema.

¡Mariah no podía creerlo! ¡Iban a acoger a aquella desdichada! Como si ser desterrada igual que un mueble de segunda mano no fuera ya bastante malo, ahora tendría que compartir la poca atención o cortesía que recibía con una pobre desgraciada, cuya familia no podía soportarla. Tendrían que satisfacer sus necesidades y sin duda escuchar las interminables y absurdas historias de vaya usted a saber qué lugar sumido en la ignorancia donde había estado. Todo aquello era realmente demasiado.

– Tengo dolor de cabeza -anunció Mariah y se levantó-. Iré a acostarme un rato a mi habitación.

Caminó de manera precaria hacia la puerta, apoyándose pesada y deliberadamente en el bastón, aunque en realidad no le hacía ninguna falta.

– Buena idea -admitió Caroline de manera algo cortante-. La cena se servirá a las ocho.

Mariah no podía decidir de inmediato si llegaría una hora antes o quince minutos después. Tal vez sería mejor antes. Si llegaba tarde, sin duda serían lo bastante groseros para empezar sin ella, y se perdería la sopa.


Maude Barrington llegó a la mañana siguiente, bajó del carruaje que la había llevado hasta allí y caminó con paso ágil hasta la puerta principal, donde la esperaban Joshua y Caroline. Mariah había preferido observar desde la ventana del salón, donde tenía una excelente vista, para no parecer indiscreta, lo cual habría sido muy vulgar, ni simular estar encantada con su llegada y salir a recibirla con los brazos abiertos, lo cual habría sido muy hipócrita. Estaba furiosa.

Maude era una mujer bastante alta y tenía unos hombros cuadrados muy poco favorecedores. Una curva suave habría sido mejor, más femenina. Sus cabellos parecían no ser de ningún color, pero al menos eran abundantes; en aquel momento asomaban por debajo de un sombrero que podía haber estado de moda en otro tiempo, pero ahora era un auténtico desastre. Vestía un traje de viaje que parecía que había recorrido todo el mundo, sobre todo los lugares cálidos y polvorientos, y no tenía forma ni color perceptibles.



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