
La propia Maude nunca había sido guapa; sus rasgos eran demasiado duros. En concreto no tenía una boca delicada. Era imposible calcular su edad con exactitud; tal vez así por encima tendría entre cincuenta y sesenta años. Su paso era el de una mujer joven, o el de un hombre joven, para ser más exactos. ¡Tenía una piel terrible! O nadie le había dicho que no podía sentarse al sol o lo había ignorado por completo. Estaba decididamente ajada, quemada, con una tez broncínea de lo más desafortunada. ¡Solo Dios sabía dónde habría estado! ¡Parecía una indígena! No le extrañaba que su familia no la quisiera por Navidad. Querrían recibir invitados, y no podían encerrarla bajo llave.
Pero era una monstruosidad que se la impusieran a Joshua y a Caroline, ¡y mucho más a su invitada!
Oyó voces en el zaguán, y luego pasos en la escalera. Sin duda a la hora del almuerzo se encontraría con aquella pobre mujer y tendría que ser educada con ella.
Y eso fue lo que pasó. En aquellas circunstancias era de esperar que la desdichada criatura permaneciera callada y hablara solo cuando la invitaran a hacerlo. Pero sucedió todo lo contrario: se enzarzaba en una conversación tras la menor pregunta, cuando habría bastado una palabra o dos.
– Tengo entendido que acaba de regresar del extranjero -dijo Caroline de manera cortés-. Espero que haya sido una agradable estancia.
Dejó la frase abierta para que Maude pudiera guardar silencio si no quería hablar del tema.
Pero aparentemente sí quería hablar. Una amplia sonrisa iluminó el rostro de Maude, contagiando de vida a sus ojos, e incluso de pasión.
– ¡Ha sido maravilloso! -dijo con voz vibrante-. El mundo es más terrible y hermoso de lo que podemos imaginar, o creer, incluso después de haber visto grandes extensiones del mismo. Siempre hay nuevas impresiones y nuevos milagros a la vuelta de cualquier esquina.
