
– ¿Ha estado fuera mucho tiempo? -preguntó Caroline. Parecía haber olvidado lo que Joshua le había dicho. Tal vez no quería que Maude pensara que habían estado hablando de ella.
Maude sonrió mostrando una dentadura excelente, a pesar de que su boca era demasiado grande.
– Cuarenta años -respondió-. Me enamoré.
Era evidente que Caroline no sabía cómo interpretar sus palabras. Las manos de Maude estaban vírgenes de anillos y se había presentado por su nombre de soltera. La única postura decente habría sido evitar el tema, pero ya no era factible. A Mariah no le extrañaba que no hubieran tolerado acogerla en su propia casa. En serio, ¡aquella imposición era demasiado!
Maude miró a Mariah y le fue imposible no percibir la desaprobación escrita en su rostro.
– Me enamoré del desierto -explicó sin alardes-. Y de ciudades como Marrakech. ¿Ha estado alguna vez en una ciudad musulmana de África, señora Ellison?
Mariah estaba escandalizada.
– ¡Claro que no! -le espetó. La pregunta era ridícula. ¿Qué inglesa decente haría tal cosa?
Maude no se detuvo. Se inclinó sobre la mesa, olvidando la sopa.
– Marrakech es una ciudad llana, un oasis que mira hacia las montañas del Atlas, y se extiende desde el minarete de Kutubia hasta la franja de palmeras azules y allende las arenas. Los príncipes almorávides que la fundaron llegaron con sus hordas desde el desierto negro de Senegal y construyeron palacios de una belleza sin rival en esta tierra.
Caroline y Joshua también olvidaron la sopa.
– Hicieron llamar a los mejores maestros del yeso cincelado, del cedro dorado y de los mosaicos de cerámica -prosiguió Maude-. Crearon un jardín tras otro, con patios que llevaban a otros patios y estancias, algunos altos hacia la luz del sol, otros hundidos entre muros sombríos y húmedos.
