– Claro que no, abuela -dijo Emily con buen humor-. Sería demasiado deprimente para ti. De todas maneras, no puedes quedarte aquí porque no habrá nadie para cuidarte.

– ¡No seas ridícula! -A su abuela le volvió a salir el genio-. Esta casa está llena de criados.

Las fiestas navideñas de Emily eran una de las raras ocasiones que su abuela esperaba con ilusión, aunque se habría muerto antes que admitirlo. Asistía a ellas como si fuera un deber de obligado cumplimiento, pero luego disfrutaba de cada instante de las mismas.

– ¡Tienes más doncellas que una duquesa! ¡En mi vida había visto tantas chicas blandiendo fregonas y plumeros!

– Algunos criados nos acompañarán y el resto se irá a su casa con sus familias. No puedes quedarte aquí sola en Navidad. Sería horrible. He preparado todo para que vayas con mamá y Joshua.

– No tengo ningunas ganas de instalarme con tu madre y Joshua -dijo su abuela al momento.

Caroline había sido su nuera hasta que la muerte de Edward, hacía unos años, la había dejado viuda, según Mariah Ellison, a «una inoportuna edad». En lugar de retirarse con decencia de la vida social, como la querida reina había hecho y como todo el mundo esperaba de ella, Caroline había vuelto a casarse. Aquello ya era en sí bastante indiscreto, pero por si fuera poco, en lugar de casarse con un viudo de posibles y buena posición, lo cual le habría reportado considerables ventajas y se habría visto con buenos ojos, se había casado con un hombre casi veinte años más joven que ella. Sin embargo, lo peor de eso, si es que podía haber algo peor, es que era un hombre de la farándula, ¡un actor! Un hombre adulto que se disfrazaba y se pavoneaba sobre un escenario, simulando ser otra persona. ¡Y encima era judío! Caroline había perdido el poco juicio que tenía, el pobre Edward regresaría de su tumba si se enterase. Una de las muchas penalidades de su vida era haber vivido demasiado para verlo.



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