
– Ningunas ganas -repitió.
Emily permanecía en silencio en medio del salón, el fuego de la chimenea proyectaba un cálido fulgor en su piel y en los extravagantes rizos de su peinado.
– Lo siento, abuela, pero ya te he dicho que no hay otra alternativa -insistió-. Jack y yo nos vamos mañana y tengo que preparar muchas maletas, pues estaremos fuera al menos tres semanas. Será mejor que te lleves una buena provisión de ropa de abrigo y botas, y puedes coger mi chal negro si quieres.
– ¡Santo cielo! ¿No tienen ni para leña? -explotó con rabia la abuela-. Joshua debería ir pensando en buscar un empleo más respetable… si es que hay algo en la tierra para lo que esté capacitado.
– No tiene nada que ver con el dinero -respondió Emily-. Pasarán las Navidades en una casa que han alquilado para las vacaciones en la costa sur de Kent. En Romney Marsh, para ser exactos. Me atrevo a decir que el viento será fresco, y una suele notar más el frío cuando está lejos de casa.
Su abuela estaba desolada. En realidad estaba tan desolada que tardó unos segundos en encontrar las palabras para expresar su horror.
– Me parece que no te he oído bien -dijo por fin en tono glacial-. Últimamente hablas entre dientes. Tenías una dicción excelente, pero desde que te casaste con Jack Radley vas de mal en peor… en varios aspectos. Me ha parecido entender que tu madre iba a pasar las Navidades en algún cenagal junto al mar. Y como eso es una absoluta tontería, será mejor que me lo repitas, y hables como es debido.
– Han alquilado una casa en Romney Marsh -dijo Emily con deliberada claridad-. Está cerca del mar, y creo que tiene unas vistas estupendas, si no hay niebla, claro.
La abuela buscó algún atisbo de impertinencia en el rostro de Emily, y vio en ella una inocencia tan ingenua que le pareció muy sospechosa.
