– ¡No seas impertinente! ¡Ni irrespetuosa! -Mariah bajó de la cama y el aire frío la agredió a través del camisón. Agarró una bata y lanzó una mirada iracunda a la muchacha-. No hables a tus superiores en ese lenguaje tabernario. -Y añadió-: Iré yo misma a despertar a la señorita Barrington. ¿Dónde está Tilly?

– Por favor, señora, Tilly ha pillado un resfriado terrible.

– Entonces déjala en paz. Ve a buscar el té de la señorita Barrington. Y el mío también. Recién hecho, recuerda. No lo quiero recalentado.

– Sí, señora.

La muchacha se alegró de que le dispensaran de la responsabilidad de tener que contárselo al señor y a la señora. No le gustaba la vieja dama, a los demás criados tampoco… ¡miserable vieja! ¡Que se la encontrara y lo contara ella!

Mariah desfiló por el pasillo y llamó con la mano abierta a la puerta de Maude. No hubo respuesta, tal como esperaba. Disfrutaría bastante despertándola de un sueño profundo y calentito, sin más motivo que la histeria de una doncella. ¡Ya veríamos si a Maude le seguían gustando tanto los criados!

Abrió la puerta, entró y volvió a cerrarla tras ella. Si la intrusión iba a provocar una escena desagradable, mejor que tuviera lugar en privado.

La habitación estaba bañada por la luz que entraba por las cortinas corridas.

– ¡Señorita Barrington! -dijo Mariah con voz muy clara.

La figura de la cama no emitió ningún sonido ni hizo movimiento alguno.

– ¡Señorita Barrington! -repitió, esta vez más fuerte y en un tono más perentorio.

Nada. Se acercó a la cama.

Maude estaba tumbada. Tenía los ojos cerrados, el rostro de una palidez extrema, con un tinte azulado, y no parecía moverse en absoluto.

Mariah se asustó un poco. ¡Caray con la mujer! Se acercó algo más y alargó la mano para tocarla, preparada para retroceder enseguida y disculparse si abría los ojos de repente y exigía saber qué demonios creía la señora Ellison que estaba haciendo. Era imperdonable poner a alguien en una situación tan embarazosa. Tanto viaje por lugares paganos le había hecho perder la chaveta, hasta el punto de hacerle olvidar que era una inglesa de buena familia.



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