La carne que encontraron los dedos de Mariah estaba fría y muy rígida. No cabía ninguna duda de que aquella estúpida doncella estaba en lo cierto.

Maude estaba muerta, y tal vez llevase así la mayor parte de la noche.

La vieja dama retrocedió tambaleándose y se dejó caer con todo su peso en el sillón del dormitorio, descubriendo de repente que le costaba respirar. Aquello era terrible. Era totalmente injusto. Primero Maude llegaba, sin ser invitada, y lo trastocaba todo. Y ahora se había muerto, para empeorar aún más las cosas. ¡Tendrían que guardar luto en Navidad! En lugar de los rojos y los dorados, los villancicos, las celebraciones y la alegría, tendrían que vestir de negro, cubrir los espejos y susurrar por los rincones divididos entre la tristeza y el miedo. Los criados siempre se asustaban cuando había una muerte en la casa. Lo más probable era que la cocinera se despidiera y entonces ¿qué sería de ellos? ¡Tendrían que comer tajadas frías!

Se levantó. No tenía motivos para sentirse triste. Habría sido absurdo. Apenas conocía a Maude Barrington; no le había dado tiempo a conocerla. Y no había nadie por quien sentir lástima. Su propia familia no la quería, ni en Navidad, ¡por Dios bendito! Tal vez se habían cansado de sus interminables historias sobre el bazar de Marrakech, los jardines persas, los barcos surcando el Nilo o las tumbas de los reyes que vivieron y murieron miles de años antes de que se celebrase la primera Navidad en la tierra, y que adoraron a dioses de su propia invención con cabezas de animales.

Pero la familia de Maude no podía ser buena gente, o no la habría rechazado en Navidad. La habría escuchado afectando interés, como habían hecho Caroline y Joshua. Y como había hecho ella misma.



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